—¡Demos
gracias a Dios! —respondían todos. Rodrigo no aguardaba más y, a paso ligero,
abandonaba su sitio, el de la orilla derecha de un banco de madera teñido de
años.
Ya se lo había dicho su madre cientos de veces:
—Tienes
que esperar a que D. Julián entre en la sacristía.
—Pero,
madre, si él ya nos dio permiso para marchar.
Envuelto por el estallido sonoro de las campanas, que
acompañaba a medio pueblo a tomarse el chato de vino en la plaza, Rodrigo
corría hasta la casa, donde su burra —una
bicicleta heredada de su primo mayor, ahora haciendo la mili en Murcia— le esperaba apoyada en el muro de la
entrada del corral.
Era blanca, su burra.
—Mejor
tienes que apretar este —le contó su primo—, si vas muy deprisa y aprietas este
otro frenarás con esa rueda y podrías caer hacia delante. ¿Ves esta cicatriz?
Fue lo que me pasó a mí. Así que frena
siempre con este, ¿entendido?
Rodrigo solía hacer caso a su primo, era mayor, fuerte
y muy listo. El mejor con la peonza y en el regate del balón. No sabía si,
además, hubiera podido ser el campeón de baloncesto, puesto que no había
canastas en el pueblo. Siempre que venía de permiso le traía paparajotes de
Murcia.
Después de varias semanas de atropellos y caídas, supo
de la importancia de aprender primero a frenar y luego a pedalear, justo lo que
le había enseñado su primo; era muy listo su primo.
Antes de ir al corral entraba en la cocina, le pegaba
un buen pellizco a la hogaza de pan, pasaba por la mecedora de la abuela y le
daba un beso corto en la mejilla:
—Me voy,
abuela.
Unos ojos grises, que fueron azules, parecían mirarle;
y unos labios, finos y pálidos, se esforzaban en una sonrisa. Rodrigo perdía
toda la prisa y se acercaba a su abuela para acariciarle la mejilla y regalarle
otro beso, esta vez un largo y dulce beso.
—Ahora
vendrán madre y D. Julián a traerle la comunión, porque tú has sido buena,
¿verdad, abuela?
Le gustaba su burra, porque había sido de su primo y
porque la tenía. Si tenías bici podías ir donde quisieras, incluso a los
huertos y más lejos aún del pueblo. A su madre le daba miedo la carretera, se
ponía nerviosa al recordar el atropello de la
Josefa:
—Pobrecilla,
y al poco de despedir a su Manuel —subrayaba—.
¿Y el cartero? No hemos conocido otro más atento que él. Un camión, un
camión se lo llevó. ¡Lástima de muchacho!
Rodrigo sabía por Nano que esas dos habían sido
historias de las raras.
—Me lo
ha contado mi padre —les dijo Nano a todos en el
recreo justo en aquellos días en los que casi todos en el pueblo —su padre, no, claro— celebraban la noticia de la nueva
carretera por afuera.
Y es que el padre de Nano tenía el bar más grande, y en otro tiempo, durante el verano y las vacaciones de Pascua,
y en muchos fines de semana; el bar se le llenaba de forasteros.
—Mi
padre sabe que cada uno de ellos provocó lo suyo —continuaba—. Una porque se volvió loca, y el otro,
el cartero, no era más que un maricón que no pintaba nada aquí.
Ahora hay menos coches, el bar está casi siempre vacío
y Nano ya no presume tanto, como en otro tiempo, de sus balones y botas de
fútbol.
Rodrigo se subía a la bici, evitaba pasar por la plaza
y seguía pedaleando hasta la vieja carretera, siempre por el lado izquierdo —para ver bien los coches que vienen de
frente— le decía su padre.
Finalmente llegaba a la nueva y enorme carretera de
cuatro filas, dos para un lado y dos para el otro. Había un redondel, rotonda
lo llamaban, y luego un puente. Rodrigo continuaba hasta la mitad, apoyaba su
bici en la barandilla y se sentaba en el suelo. Pasaba sus piernas por el hueco
de debajo, arrimaba bien su cuerpo y agarraba, a la altura de su cara, los
barrotes de uno y otro lado. Sus piernas, desnudas de rodilla para abajo, caían
en un descuidado vaivén.
—¡Hola! —era el saludo de Alicia mientras se
sentaba a su izquierda en idéntica postura—.
¿Cuántos llevas?
—Llevo
quince verdes y con ese ahora son dieciséis. Hoy has tardado mucho en venir.
—Ha sido
mi madre. Me mandó ir a avisar a mi padre.
—Cuando
seamos mayores tendremos uno como ese —señalaba
Rodrigo.
—¡Tan
grande!
—¡Claro!
¡Tenemos que caber todos cuando vayamos a la playa!
Alicia aguantaba la respiración y, disimuladamente,
dejaba rozar su mano derecha con la izquierda de Rodrigo.
—¡Me
pido blancos! —exclamaba para recuperar los sentidos.
Rodrigo asentía, y miraba a Alicia mientras construía
castillos de arena y escuchaba de fondo el ruido del mar.

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