—¡Demos
gracias a Dios! —respondían todos. Rodrigo no aguardaba más y, a paso ligero,
abandonaba su sitio, el de la orilla derecha de un banco de madera teñido de
años.
Ya se lo había dicho su madre cientos de veces:
—Tienes
que esperar a que D. Julián entre en la sacristía.
—Pero,
madre, si él ya nos dio permiso para marchar.
