Con el tenedor persigo el último guisante que queda en mi
plato, no parece aceptar su destino y se escabulle de cada intento de ser
cazado. No, no es cierto, soy yo quien distraídamente juega con él. Y es este juego el que me escabulle a mí y me
evita de la reunión familiar. No tengo ningún interés en atender las
conversaciones de siempre, absurdas y demenciales hace tiempo me disuadieron de
intervenir.
Empiezo a sentirme guisante, el último guisante del plato
que, en silencio, escapa de ser pillado. Ya queda de mí lo último, y lo último
es callar.
Cojo el guisante con la mano y lo guardo en mi
pastillero. Nadie se ha dado cuenta.
Nadie se fija en mí.
Oigo de fondo la voz aguda de siempre que pide a sus hijos,
que también son los míos, que retiren los platos. Esa misma voz que hace años
parecía de otra persona y que, desde hace tiempo, reprocha mi silencio y me
acusa de castigo. Castigo el que yo recibo si hablo, y más aún si opino.
Anoche tuve que escuchar, de nuevo, su llanto y sus
acusaciones. Me ataca y no tengo defensa, solo soy un guisante mudo que huye de
sus púas.
Le pido que se mire, pero ella no lo hace; se empeña en que
su culpa no es su culpa sino la mía.
No tengo más qué hacer. Busco mi pastillero en la mesilla,
quiero mi guisante. Nos vamos, determino, mañana nos vamos, nos vamos mi último
guisante y yo.
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