miércoles, 29 de abril de 2015

El último guisante

Con el tenedor persigo el último guisante que queda en mi plato, no parece aceptar su destino y se escabulle de cada intento de ser cazado. No, no es cierto, soy yo quien distraídamente juega con él.  Y es este juego el que me escabulle a mí y me evita de la reunión familiar. No tengo ningún interés en atender las conversaciones de siempre, absurdas y demenciales hace tiempo me disuadieron de intervenir.

Empiezo a sentirme guisante, el último guisante del plato que, en silencio, escapa de ser pillado. Ya queda de mí lo último, y lo último es callar.

Cojo el guisante con la mano y lo guardo en mi pastillero.  Nadie se ha dado cuenta. Nadie se fija en mí.

Oigo de fondo la voz aguda de siempre que pide a sus hijos, que también son los míos, que retiren los platos. Esa misma voz que hace años parecía de otra persona y que, desde hace tiempo, reprocha mi silencio y me acusa de castigo. Castigo el que yo recibo si hablo, y más aún si opino.

Anoche tuve que escuchar, de nuevo, su llanto y sus acusaciones. Me ataca y no tengo defensa, solo soy un guisante mudo que huye de sus púas.

Le pido que se mire, pero ella no lo hace; se empeña en que su culpa no es su culpa sino la mía.

No tengo más qué hacer. Busco mi pastillero en la mesilla, quiero mi guisante. Nos vamos, determino, mañana nos vamos, nos vamos mi último guisante y yo.

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