Andrea teclea rápido. Le falta tiempo. Su teléfono móvil suena
y muestra en pantalla la foto de su amiga Elisa:
—Hola, cariño, ¿lista para mañana?
—Lo siento, Andrea, creo que voy a
cancelar el viaje; no voy.
—¿Y eso?, no lo entiendo, ¿algo
grave?
—No sabría explicártelo pero prefiero
dejarlo para otra ocasión. ¿Te rompe mucho?
—Bueno, Elisa, me resulta extraño…
—Ya. Si me sabe mal. Parecía que esta
vez sí, que por fin te acompañaría…
Andrea fijó la mirada en el papel. Agarró con más fuerza el
bolígrafo y tachó los dos aros entrelazados que, descuidadamente, acababa de
garabatear.
—¿Esto es por lo de ayer? Ya te expliqué.
—No, Andrea, sé que estás…
—Insoportable, dilo.
—Lo normal: los niños, el trabajo,
él… no llegué en buen momento.
—No digas bobadas, has llegado en el
mejor momento, el mejor momento para mí, sin ti… Lo que lamento es no poder
darte lo que esperas.
—Si estoy contigo es porque quiero,
soy libre ¿recuerdas? Nada me ata a ti, solo tú.
—¿Entonces, por qué lo de mañana?
El papel resbaló por la mesa. Andrea se giró sobresaltada
esperando encontrar a alguien a sus espaldas. Nadie.
—¿Elisa, has sido tú?
—Tengo frío.
—¿Qué ves?
—Aire, y frío. Te esperaré aquí.
—Tranquila, cariño, no insistiré. Hay
más oportunidades: un martes de cada dos…
—Sí.
—Te conté que la reunión de mañana iba
ser complicada, seguro que eso te asustó.
—Puede.
—Mejor en otra ocasión, esta podría
habernos… y de nuevo por mi estrés.
Elisa calló.
—Voy a seguir trabajando. ¿Te parece
que te llame de nuevo de regreso a casa?
—Me parece. Hazlo.
Elisa se esforzó en salir de su frío para poner una pizca de
entusiasmo a su despedida.
Andrea buscó en su móvil la foto que se habían hecho juntas;
fue el sábado anterior, tras haber ganado su primer partido de pádel. Mientras
miraba la foto, repasaba una y otra vez el nombre de Elisa sobre el papel.
Repasaba una y otra vez la conversación, las veces que Elisa había decidido
cambiar algo, las veces que Elisa le había pedido que hiciera o dejara de hacer
algo. “¿Por qué, Elisa, por qué?” “No lo sé, intuición, hazme caso, por favor”.
Cuando quiso darse cuenta, su jefe ya estaba apoyado en su
mesa, con el rostro tan cerca de ella que incluso le pareció oler su aliento a
café.
—Andrea, ¡Andrea!, ¿me oyes?
—Lo siento, Ricardo, estaba tan
concentrada que…
Ricardo echó un rápido vistazo a la mesa:
—¡Vaya! ¿No sabía que eras aficionada
al pádel?
—Ni yo, Ricardo, ni yo.
—¿Eh? Bueno, dejemos eso para otro
momento.
—Sí, mejor. ¿Alguna nueva sorpresa para
la reunión de mañana?
—Pues sí. Me lo has leído en la cara
¿o qué?
—De todo se aprende, o se contagia.
—¿Cómo?
—Nada —dijo Andrea mirando de soslayo
a su móvil.
—Te cuento, me ha llegado, y es más
que un rumor, que los húngaros están poniendo mucho interés en asistir a la
reunión de mañana.
—¡Vaya! Pues eso significa… ¿Podrías
contrastar ese “más que un rumor”?
—Lo estoy intentando, pero Binder no
coge el teléfono y su secretaria…
—Ya, menudo cancerbero la Dame,
próximo premio Zamora.
—Andrea, los siento, pero habría que…
—Sí, está claro. Déjame que avise en
casa.
—Ok, te espero en mi despacho.
La foto seguía en pantalla y junto a ella el aviso de un
nuevo mensaje, era de Elisa: el icono de un corazón grande y latente acompañado
de tres letras TQM. Andrea escribió: «Yo también te quiero mucho. Te llamaré
aunque saldré tarde. Más complicaciones. Besos». Después llamó a su marido:
—¿Juan, has llegado ya a casa?
—Hola, estaba entrando en el garaje.
—Voy a retrasarme, la reunión de
Viena se complica y tengo que rehacer… bueno, no sé, que puedo necesitar una
hora, como dos, como resolverlo en una idea feliz de tres minutos.
—¡Estupendo!
Andrea no dijo nada y Juan continuó.
—Era una broma, Andrea. No te prometo
fidelidad… Nos vamos a saltar el régimen: pediré pizzas grasientas, repletas de
colesterol y calorías…
—¡Vale ya, Juan! Menudo día, yo creo
que Elisa se lo ha olido.
—¿Elisa?
—Sí, me llamó para decirme que no se
venía mañana, ¿tú crees que es bruja?
—Seguro. Entonces, ¿cuándo vuelves?
—¡Mierda!
—¿Qué?
—Tendré que pedir que me revisen los
vuelos de vuelta. Te dejo.
—Vale, tranquila. No parece que sea
lo más grave. Ya entro en casa. ¿Quieres algo para los chicos?
—Besos, no me entretengo más. Me
reúno con Ricardo.
—¡Papá! ¿Era mamá?
—Sí, tiene trabajo, ¡hoy cenamos
pizza!
El último trozo de pizza de bacon y pollo, abandonado en la
cocina, fue para Andrea. Ni se molestó en calentarlo. Ya tomaría algo caliente
en el aeropuerto, lo mismo de un martes de cada dos.
—Un café con leche y una barrita de
esas con tomate, por favor.
—¿Tomará zumo?
—Uhm, no, gracias.
Andrea siguió con la mirada a la camarera, —¡qué tipazo!— se dijo. Miró su móvil en busca de algún mensaje y tecleó: «Te echo
de menos. Buen día, cariño».
En la mesa de al lado le llamó la
atención un grupo de unos diez o más adolescentes. En el centro una hermosa
chica, morena y de ojos azules, volvió a recordarle a Elisa. Mantuvo su mirada
en ella mientras escuchaba el motivo de sus lágrimas. El resto del grupo la
consolaba:
—¿Y si le da tiempo a tu padre?
—Si es que yo lo metí en la mochila…
—Bueno, Carla, ya has oído, solo son
dos horas. En dos horas hay otro avión a Viena.
—Ya, pero iré sola.
—¡Oye! Que si cuela… yo también me
espero
—¡Y yo!
—¡Y yo!
Empezaron a contestar todos los chicos
del grupo uno tras otro, el último recibió como respuesta un cachete de la
chica morena con coleta que tenía a su lado:
—¡Eh, tú no!
El resto del grupo rompió a reír. Carla
también.
—¡Por Dios!
Que lo encuentre, que mi padre encuentre el pasaporte, o…
El soniquete del móvil le devolvió a Andrea a su mesa. Se
encontró con el café, una barrita con tomate y un ticket de caja.
—Dime, Ricardo.
—¿Estás ya en el aeropuerto?
—Sí, claro.
—Pero aun no has embarcado ¿verdad?
—No, esperando en la cafetería.
—Bien, cambio de planes, los húngaros…
han pedido que la reunión sea en Budapest.
—¡Venga ya, Ricardo! ¿Y para hoy?
—Sí. Marisa está buscándote vuelo. Ve
al checking, hay que ganar tiempo.
—Perdona, Ricardo. ¡Señorita! Señorita,
cóbrese por favor; no puedo quedarme. Sigue, Ricardo.
—Te decía que fueras a los
mostradores.
—Sí, sí, estoy en ello. ¿Qué ha
pasado?
—Tú tranquila, solo es un cambio de
escenario, la función es la misma.
—Bueno, Ricardo, pero esto
desestabiliza.
Andrea pasó al lado del grupo de adolescentes. Volvió a
fijarse en Carla. —Yo tampoco me voy con ellos— pareció quererle decir con su
mirada.
—¿Sigues ahí? ¿Se ha cortado?
—Dime, dime.
—Ya tenemos el localizador, el vuelo
sale en 50 minutos.
—¿Sabes qué tiempo hace en Budapest?
—¿Cómo?
—Nada, una gracia, para quitarme el cabreo.
Anda, dile a Marisa que me envíe un mensaje con la descarga de la reserva y,
sobre todo, que no se olvide de pillarme billete de vuelta.
—Sí, en ello estaba. Andrea, insisto,
vas bien preparada. Puede que haya sido intencionado pero a ti no debería
alterarte…
—Claro, para ti es fácil decirlo. No
eres tú quien está en medio del aeropuerto, con tacones de diez, corriendo de
un lado para otro arrastrando una maleta, el portátil, el móvil en la oreja, y sin
saber… Aun así gracias, gracias, Ricardo, por confiar en mí.
—¿Cómo no? Llámame en cuanto llegues…
o envíame algún mensaje o…
—Venga, Ricardo, que tengo que ir a
por ese maldito billete y hacer algunas llamadas.
—¡Buen viaje!, y… soy yo el
agradecido.
—Eso me anima. ¡Adiós!
—¡Ciao, Andrea!
Al instante llegó el mensaje con la reserva. Consiguió su
tarjeta y se dirigió a la puerta de embarque. De pie, Andrea se quedó mirando
el móvil esperando que este le sugiriera a quién llamar primero: a Elisa o a
Juan.
—Juan ¿puedes hablar?
—Pero, cariño. ¿Has perdido el vuelo?
—No, se retrasó pero… eso da igual,
no voy a Viena.
—¡Estupendo! ¿Comemos juntos?
—No voy a Viena porque voy a
Budapest.
—¡Cojonudo! ¿Y qué tiempo hace en
Budapest?
—El vuelo sale en una media hora.
—Ya me contarás qué ha pasado.
¿Vuelves hoy o toca pizza?
—Vale, Juan. Me están buscando
billete de vuelta, no creo que haya problema.
—Bueno, ahora en serio, tranquila.
Sea lo que sea, tú vales mucho, confían en ti.
—Gracias. ¿Qué se come en Budapest?
—Así me gusta.
—Creo que embarcamos. Beso.
Aparentemente el avión no se llenaría. —A ver si hay suerte—
se dijo Andrea a sí misma deseosa de que el asiento de al lado quedara vacío.
Por fin sentada apagó su móvil, no había tiempo para más; ahora solo tendría
que dejarse llevar en las próximas dos horas y media.
Andrea, única mujer del grupo, y algo eufórica por los
resultados de la reunión; se dejó guiar por el camarero hasta la silla más
próxima a la ventana. La reunión no había ido mal del todo, se había resuelto
lo más complejo y lo demás podría esperar. Saboreó lentamente el “Halász leves”,
o cómo se llamara aquella sopa de pescado húngara, por supuesto, baja en
calorías. De repente pensó que había descuidado por completo su móvil. Llamadas
perdidas de Juan: diecisiete. ¡Díos, mío! ¿les habría pasado algo a los niños?
—¿Juan, qué pasa?, ¿los niños están
bien?
—Sí, sí, claro que sí. ¿Es que tú no
te has enterado?
—¿Enterado de qué?
—Mi móvil no ha dejado de sonar toda la
mañana, me han llamado todos.
—¿Por qué? ¿Y de qué tendría que
haberme enterado?
—Tu vuelo, el de Viena…
—¿Sí? ¿Mi vuelo?, dime.
—No llegó.
—¿No llegó?
—Es pronto para saber qué ha pasado,
me extraña que no…
—Quieres decirme…
—Sí, Andrea. No hay supervivientes.
El primero en darse cuenta fue Olah, Andrea le aceptó el
vaso de agua, pidió disculpas, y salió a la calle mientras pensaba en el
repentino cambio de planes de Elisa y en la suerte de aquella adolescente del
aeropuerto. Apenas acertaba a manejar el móvil, por fin logró llamar a Elisa —seguro
que ella no se ha enterado— pensó. «Le informamos de que el número llamado se
encuentra apagado o fuera de cobertura». Tras la tercera llamada con el mismo resultado
Andrea se sintió, además de nerviosa, algo perdida.
Revisó su móvil. Entre las diecisiete llamadas perdidas de
Juan, varias de su jefe, y otras muchas de contactos diversos; había seis
llamadas de Elisa y un mensaje suyo: «Cariño, ¿has cambiado de vuelo? Te he
llamado y tienes el móvil apagado. Finalmente me lo pensé, soy una idiota con
mucha imaginación. Vamos a despegar. Te veo en el hotel, ¿vale? Te quiero.»
En memoria a las víctimas GWI9525
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