—Ha
vuelto a hacerlo, incluso en mi propia casa, se ha atrevido a hacerlo. Mercedes,
lo de tu hermano es realmente insultante.
—A ver…
¿qué ha sido esta vez?
—¿De
verdad que no te das cuenta? Tu hermano ha servido vino, en realidad mi vino, a
todos menos a mí.
—Sinceramente
no, no me he dado cuenta. Tampoco entiendo por qué vives obsesionado con lo que
hace o deja de hacer mi hermano.
Esteban
volvió a la mesa con las manos cargadas de platos. Miró a su cuñado de reojo y
se prometió que esta sería la última Nochebuena que pasaría con él. En realidad
se prometió que sería la última vez que se sentaría a la mesa con el menor de
sus cuñados.
Dos
meses después tampoco volvería a compartir mesa con Mercedes ni con ninguna
otra mujer.
Fue un
juicio rápido, inapelable. Al cadáver no le faltó detalle alguno: elegantemente
vestido, calzado con sus mocasines azules; y en la mesa, una copa del mejor
vino y un plato de lentejas. “¡Y las lentejas de mi madre… te las comes tú,
idiota!”
Mercedes
estaba en su clase de repostería cuando la policía vino a buscarla. En el
juicio se limitó a citar algunas de las múltiples discusiones entre su marido y
su hermano: por el vino, por el color de los zapatos o por un plato de lentejas
frías. “Sinceramente no, no me he dado cuenta” le había dicho a su marido en
cada una de ellas.
Y es que Mercedes nunca hizo intención de
intervenir. Todo estaba bien y, ahora, todo seguía mejor.
Ser la
viuda de uno los más ricos del pueblo, estaba muy bien; y ni tan siquiera se
veía en la obligación de tener que visitar a su hermano.
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