miércoles, 21 de enero de 2015

Fuera de lugar

—Ha vuelto a hacerlo, incluso en mi propia casa, se ha atrevido a hacerlo. Mercedes, lo de tu hermano es realmente insultante.
—A ver… ¿qué ha sido esta vez?

—¿De verdad que no te das cuenta? Tu hermano ha servido vino, en realidad mi vino, a todos menos a mí.
—Sinceramente no, no me he dado cuenta. Tampoco entiendo por qué vives obsesionado con lo que hace o deja de hacer mi hermano.

Esteban volvió a la mesa con las manos cargadas de platos. Miró a su cuñado de reojo y se prometió que esta sería la última Nochebuena que pasaría con él. En realidad se prometió que sería la última vez que se sentaría a la mesa con el menor de sus cuñados.

Dos meses después tampoco volvería a compartir mesa con Mercedes ni con ninguna otra mujer.

Fue un juicio rápido, inapelable. Al cadáver no le faltó detalle alguno: elegantemente vestido, calzado con sus mocasines azules; y en la mesa, una copa del mejor vino y un plato de lentejas. “¡Y las lentejas de mi madre… te las comes tú, idiota!”

Mercedes estaba en su clase de repostería cuando la policía vino a buscarla. En el juicio se limitó a citar algunas de las múltiples discusiones entre su marido y su hermano: por el vino, por el color de los zapatos o por un plato de lentejas frías. “Sinceramente no, no me he dado cuenta” le había dicho a su marido en cada una de ellas.

Y es que Mercedes nunca hizo intención de intervenir. Todo estaba bien y, ahora, todo seguía mejor.

Ser la viuda de uno los más ricos del pueblo, estaba muy bien; y ni tan siquiera se veía en la obligación de tener que visitar a su hermano.

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