—¡Ana,
cómete la manzana!
—¡Que
no, madre, que no me da la gana!
Y es
que Ana no come manzanas desde que su abuelo, Juelo, le contó el cuento del
gusano Sano que moraba la manzana vana.
Sano estaba
casado con Susana, la gusana cana. Sano y Susana mostraban a sus dos retoños, Tana
y Toño, cómo comer de la manzana sana que se tornaba vana. Sano, Susana, Tana y
Toño desayunaban la manzana vana cuando el pájaro tuerto, procedente del
huerto, amenazó con zamparse la manzana y a Tana.
Tana
sollozaba y Toño la abrazaba como solo sabe hacerlo un gusano con una hermana.
Susana rezaba y Sano se balanceaba. La manzana se acunaba, el pájaro del
huerto, que en verdad era tuerto, no enfocaba. La manzana no paraba y el tuerto
pájaro no acertó; su testa contra la rama se topó y el manzano tembló. La
manzana vana, con Sano, Susana, Tana y Toño dentro, contra el suelo se estampó.
Llegó la vaca Paca —que no, que no era flaca— y la manzana chuperreteó. Paca,
con su gran pezuña con uña, la manzana vana aplastó.
Llegó
el toro bobo, que más bobo estaba por ver a la vaca Paca, y sobre la aplastada
manzana vana defecó.
Ana
pensaba en la manzana vana, el gusano sano, la gusana cana, los retoños Tana y
Toño, las babas de Paca y las heces del toro bobo… ¡que no madre, que no me da
la gana, que no me como la manzana!
Y Ana
merendó el melón porque al abuelo Juelo no le dejaron contar el cuento de la
cucaracha y su colega el ratón.
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