Y ya poco quedaba por decirnos, por eso callábamos tú y yo. Fueron
varios los intentos, y entre tantos días en uno eras capaz de trenzar el
viento, y en el siguiente el viento te estrellaba contra mí.
He luchado durante meses para ponerte frente a los ojos lo
que cargabas a tus espaldas. Niegas su presencia y ella sigue ahí; no como
crees que yo creo, pero sí como ella cree que sí.
Un día me suplicas ayuda para cerrar la puerta, y al
siguiente la vuelves a abrir. Te dije que no te asomaras, pero te empeñaste en volver,
en entrar y en traerla de nuevo a mí.
Que ella sufre, me dices. No me insultes. ¿Y qué?
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