lunes, 13 de julio de 2015

Raro

Esta pasta de dientes me sabe rara, todo en esta casa lo siento raro. Mientras me cepillo los dientes me inquieta mirar al espejo, en él creo distinguir reflejos que no son míos. Tampoco puedo dejar de mirar, no querría perder de vista la puerta del baño ahora situada a mi espalda. Siento cierta tirantez. 

No, no es eso, ni tampoco es un escalofrío; no sé lo que es. ¿Qué es lo que uno nota cuando percibe la mirada de otro? Eso, eso mismo es lo que ahora siento yo.
He terminado de cepillarme y no me atrevo a acercar mi boca al grifo abierto. Bajo la cabeza mientras me esfuerzo en mantener la vista anclada en el espejo. Solo será un instante y me resulta absurda mi cobardía. Es mi mente, sé que es mi mente y he de dominarla.
No puedo contárselo a él, no me creería. Si lo llamo ahora, no me oiría. Está fuera y estoy deseando que vuelva.
Contrólate, controla. He de controlar mi imaginación, ella no puede dominarme.
Cada chasquido de madera acelera mi nerviosismo. Por ridícula, y también por miedo, rechazo la idea de salir corriendo.
Espero un rato y por fin me relajo, y es que la voz de Diego pronunciando mi nombre desde abajo me alivia.
—Sube, estoy aquí —le grito desde el baño.

En su compañía, en la compañía de alguien vivo, me siento mucho mejor.


No sé cómo decírselo, cómo proponerle que nos vayamos de aquí. Cómo explicarle que no solo puede ser visto lo que uno ve. Que el sentir también es ver y que yo, esa misma mañana, lo vi. Sentí a aquel hombre, arriba, mientras yo limpiaba en la buhardilla. Quiero averiguarlo, quiero saber quién fue y quién lo amarró por el cuello a aquella viga de madera. Quizás sea, precisamente eso, lo que el colgado espera de mí.




—¿Te apetece un paseo? Hace una noche estupenda —me sugiere desde la puerta del aseo.

Su presencia me relaja, le sonrío. Avanzo hacia él y creo sentir de nuevo a mi ahorcado; ahora está al final del pasillo, de pie y sosteniendo a una niña que se abraza a su cuello. La imito mientras le pido a Diego que me abrace con más fuerza.

—Diego, ¿me contaste de qué era esta cicatriz?
—¿Lo del cuello? No es una cicatriz, es estrés.
—Pues creo que tienes sangre.

Diego entra en el baño y se mira en el espejo para comprobarlo.

—Habrá sido alguna rama del jardín.
—Sabes que no. Te limpiaré.

Diego se queda fijo, con la mirada perdida más allá de su propio reflejo. Sospecho que él también lo sabe.

—Háblame de ellos —me animo a pedirle, y Diego hace una pausa antes de responderme.
—Son mis padres.
—Entonces, ¿tu padre murió ahorcado?
—¿Ahorcado? —me contesta Diego, bastante sorprendido.

Busca en su billetera, saca y me entrega una hoja de papel varias veces doblada. Empiezo a extenderla:

 —Es tu letra.
Diego asiente y me explica. —Hace tiempo me convencieron para ir a una de esas videntes. Ya sabes que yo no creo pero…
—…Pero tampoco dejas de creer —acabo yo la frase.
—Al salir tomé nota de todo lo que conseguí recordar —me aclara.

La leo. Fuera de allí, y de lo que estaba pasando en esa casa, no hubiera entendido nada de lo que estaba leyendo. Diego había anotado frases sueltas. Decían algo sobre heridas sangrantes, un sufrimiento pasado del que debía desprenderse, espectros protectores —sus padres, supongo— y finalmente, se refería a una auxiliadora venidera.

—¿Se supone que soy yo tu auxiliadora? ¿Y tendré que entenderme con ellos?

Diego asintió tímidamente con la cabeza —¿Podrías? Tú sí puedes verlos ¿verdad?

—¿Y no te dijeron cómo?

Diego, mostrando cierto desánimo, niega con la cabeza. Me agarro fuerte a él para sacar valor suficiente para verlos o, quizás debiera decir, sentirlos de nuevo.

Mi ahorcado sigue de pie, ahora encorvado y desaliñado. Y la que entonces se mostraba como una inocente niña, ahora, dándole la espalda, se muestra como una cruel mujer.

—¡Libérame! —Me gritan, desesperados, tanto Diego como mi ahorcado a la vez.

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