Esta pasta de dientes me sabe rara, todo en esta casa lo siento
raro. Mientras me cepillo los dientes me inquieta mirar al espejo, en él creo distinguir
reflejos que no son míos. Tampoco puedo dejar de mirar, no querría perder de
vista la puerta del baño ahora situada a mi espalda. Siento cierta tirantez.
No, no es eso, ni tampoco es un escalofrío; no sé lo que es. ¿Qué es lo que uno
nota cuando percibe la mirada de otro? Eso, eso mismo es lo que ahora siento yo.
He terminado de cepillarme y no me atrevo a acercar mi boca
al grifo abierto. Bajo la cabeza mientras me esfuerzo en mantener la vista anclada
en el espejo. Solo será un instante y me resulta absurda mi cobardía. Es mi mente,
sé que es mi mente y he de dominarla.
No puedo contárselo a él, no me creería. Si lo llamo ahora,
no me oiría. Está fuera y estoy deseando que vuelva.
Contrólate, controla. He de controlar mi imaginación, ella
no puede dominarme.
Cada chasquido de madera acelera mi nerviosismo. Por
ridícula, y también por miedo, rechazo la idea de salir corriendo.
Espero un rato y por fin me relajo, y es que la voz de Diego
pronunciando mi nombre desde abajo me alivia.
—Sube, estoy aquí —le grito desde el baño.
En
su compañía, en la compañía de alguien vivo, me siento mucho mejor.
No sé cómo decírselo, cómo proponerle que nos vayamos de aquí. Cómo explicarle que no solo puede ser visto lo que uno ve. Que el sentir también es ver y que yo, esa misma mañana, lo vi. Sentí a aquel hombre, arriba, mientras yo limpiaba en la buhardilla. Quiero averiguarlo, quiero saber quién fue y quién lo amarró por el cuello a aquella viga de madera. Quizás sea, precisamente eso, lo que el colgado espera de mí.
—¿Te apetece un paseo? Hace una noche
estupenda —me sugiere desde la puerta del aseo.
Su
presencia me relaja, le sonrío. Avanzo hacia él y creo sentir de nuevo a mi
ahorcado; ahora está al final del pasillo, de pie y sosteniendo a una niña que
se abraza a su cuello. La imito mientras le pido a Diego que me abrace con más
fuerza.
—Diego, ¿me contaste de qué era esta
cicatriz?
—¿Lo del cuello? No es una cicatriz, es estrés.
—Pues creo que tienes sangre.
Diego
entra en el baño y se mira en el espejo para comprobarlo.
—Habrá sido alguna rama del jardín.
—Sabes que no. Te limpiaré.
Diego
se queda fijo, con la mirada perdida más allá de su propio reflejo. Sospecho
que él también lo sabe.
—Háblame de
ellos —me animo a pedirle, y Diego hace una pausa antes de responderme.
—Son mis padres.
—Entonces, ¿tu padre murió ahorcado?
—¿Ahorcado? —me contesta Diego, bastante sorprendido.
Busca
en su billetera, saca y me entrega una hoja de papel varias veces doblada. Empiezo
a extenderla:
Diego asiente y me explica. —Hace tiempo me convencieron para ir a una de
esas videntes. Ya sabes que yo no creo pero…
—…Pero tampoco dejas de creer —acabo yo la frase.
—Al salir tomé nota de todo lo que conseguí recordar —me aclara.
La
leo. Fuera de allí, y de lo que estaba pasando en esa casa, no hubiera
entendido nada de lo que estaba leyendo. Diego había anotado frases sueltas.
Decían algo sobre heridas sangrantes, un sufrimiento pasado del que debía
desprenderse, espectros protectores —sus padres, supongo— y finalmente, se
refería a una auxiliadora venidera.
—¿Se supone que soy yo tu auxiliadora? ¿Y tendré que entenderme con ellos?
Diego
asintió tímidamente con la cabeza —¿Podrías? Tú sí puedes verlos ¿verdad?
—¿Y no te dijeron cómo?
Diego,
mostrando cierto desánimo, niega con la cabeza. Me agarro fuerte a él para
sacar valor suficiente para verlos o, quizás debiera decir, sentirlos de nuevo.
Mi
ahorcado sigue de pie, ahora encorvado y desaliñado. Y la que entonces se
mostraba como una inocente niña, ahora, dándole la espalda, se muestra como una
cruel mujer.
—¡Libérame!
—Me gritan, desesperados, tanto Diego como mi ahorcado a la vez.
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