Me tiembla la mano, ya me lo dijo el médico: «esto es así»,
¿o no fue él quien me lo dijo? Estoy contento porque he logrado que no se
derramara ni una sola gota. Ella me sonríe, creo que también se ha dado cuenta.
Sus ojos entran en los míos y mi cuerpo se vuelve esponjoso.
Baja la mirada a mi taza de café y sigue atenta su trayectoria hacia mis labios.
Lo he hecho bien. Ahora no recuerdo su nombre, sé que lo recordaré más tarde,
cuando ya no lo necesite tanto como ahora.
Es bella ahora, como ya lo fue de antes. Como ya lo fue en
aquel barco en el que la conocí. Julia tenía 16 años y yo 27.
—Julia
— Dime Fran.
— Nada, pensé en ti. ¿Me acercas esas galletas?
Quince días de travesía. Julia se alojó en casa de su
abuelo en Madrid, y yo fui el agradable desconocido de aquel barco migratorio
que la llevaba a ella, a su madre y hermanas, de regreso a su país; un barco
que llevaría a aquel desconocido al inicio de sus vacaciones por Europa.
Europa quedó lejos, me fue suficiente Madrid. Suficiente ver
a mi Julia en la Gran Vía saliendo de su academia de inglés. ¿Qué otra cosa
podría hacer? Solo 16 años y yo 27.
— ¿Cariño, podrías traerme las gafas? Creo haberlas dejado en la mesilla.
— ¿Cariño, podrías traerme las gafas? Creo haberlas dejado en la mesilla.
¡Qué linda es! Sus caderas son ahora más anchas, fueron tres
hijas las que anidaron en ellas. Ahora su caminar es más lento. Ya hay menos
prisa.
Cada tarde de domingo jugué al dominó con el abuelo. Yo la
miraba a ella, ella me miraba a mí, y mi cuerpo se volvía esponjoso. No había
café.
Seis meses en Gran Vía y seis meses de dominó. El mismo
barco regresaría sin ella. ¡Qué lejos estás Aruba! Si al menos pudiera
escribirle… «Madre, di que sí, aprenderé más inglés», insistió Julia
— ¿Qué carta me vas a leer hoy?
— ¿Qué carta me vas a leer hoy?
No hay comentarios:
Publicar un comentario