Me he
fijado en ti al cruzar la calle, no tengo prisa y decido seguirte. Cierro unos
instantes los ojos y evoco tus andares. Son los mismos. Me escuece la mejilla y
la boca me sabe a sangre. Quisiera escupir, pero trago; delante de ti no
podíamos hacer otra cosa.
Prefiero
asegurarme de que no me equivoco, me pongo a tu lado y me dirijo a ti:
—¿Eh, me
das un cigarro?
Te
giras y paralizado me examinas. En tu mirada percibo tu enojo. Guardas silencio
y presiento tus palabras de entonces: “¿Es a mí? ¿Disculpe, pero cuándo le di
permiso para tutearme? ¿Acaso hemos comido juntos alguna vez?” Con una mueca
parecida a una sonrisa aguardo oír aquel cansino reproche, pero lo reprimes y
me contestas:
—Lo
siento, no fumo, hijo —.No sabes quién soy, y sin mostrar ningún interés
adicional por mí, reinicias tu marcha.
No me
queda ninguna duda. Eres tú. Hijo, así nos llamabas a todos aunque ninguno te
llamáramos padre; sólo D. Emilio y señor.
No aprendí
muchas matemáticas, sí el que la vida está llena de golpes: los que recibimos y
los que damos. Aprendí que no hay mayor razón que la fuerza y el miedo.
No pude
aspirar a más porque no me diste ninguna oportunidad de mostrarte cómo era, ni
de mostrarte lo que hubiera deseado ser.
En
cambio, no parece que a ti te hayan ido mal las cosas. Avanzas pocos metros y
entras en un portal, de esos portales de gente bien acomodada. Me siento en el
banco de enfrente y empiezo a recuperar el ritmo de mis pulsaciones. En mi
móvil anoto el número y el nombre de la calle.
Son las
seis, aún estoy a tiempo de ir a buscar a Belén. A ella también, sí, a ella
también la castigaste; los golpes que ella recibía eran los más duros para mí. Esos
golpes no se grabaron en mis mejillas, ni en la punta de mis dedos, ni tampoco en
mis patillas; anidaron en mi estómago, en esas ganas de vomitar en el intento
de reprimir los impulsos de matarte. ¡Maldito cobarde!
—Belén, ¿lo he visto?
—¿A quién has visto, cariño?
—¿A quién va a ser? A él, a D.
Emilio.
—¿Pero todavía sigues con eso?
Esa obsesión tuya por él no te hace ningún bien. Pensé que ya lo habías
superado.
—Llevas
razón, Belén, perdóname. ¿Cómo te fue el día?
No
puedo preocupar más a Belén con este asunto. Ella te ha olvidado, aunque yo no;
esto es algo que quedará entre tú y yo.
Son
casi las doce de la noche, por fin todos descansan. Aprovecho que nadie podrá
verme para rebuscar en el hueco secreto de mi armario. Ahí sigue. La toco y me
devuelve la frialdad de su acero.
Hice todo por conseguirla. Tú me empujaste a
ese mundo, ahora no deberías quejarte. No la recordaba tan atractiva, hoy me
parece más hermosa que nunca, aunque también más pesada.
Pongo
la alarma en mi móvil para que me despierte mañana. Aun sin necesitarlo, repaso
el nombre de la calle y el número de tu portal. Mañana te demostraré que ya encontré
el valor de la raíz cuadrada de menos uno, y sabrás que, desde entonces, he
esperado que encajara este imaginario momento dentro de mi vida real.
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