Viernes, 13 de septiembre
¡Bonito
día! Después de semanas de rumores hoy se confirmó. ¡Cómo no! Tenía que ser un
viernes, siempre las buenas noticias se comunican a última hora de los viernes.
No es casualidad, lo sueltan y te quitan del medio; te lo llevas puesto el fin
de semana y el lunes habrá perdido gas.
Una
esposa, tres hijas, una suegra, y ahora, una jefa. No podía ser otra, tenía que
ser ella, precisamente ella tenía que reaparecer como la nueva directora
financiera.
¡Maldita
sea mi suerte! ¡Maldito sexo débil!
¡A
dormir! La broma ya ha durado demasiado.
Sábado, 14 de septiembre
Hoy el
día no me ha dicho nada; no se merece que yo diga algo de él.
Domingo, 15 de septiembre
Y el
séptimo día descansó. Eso mismo voy a hacer yo: no escribir. Es domingo por la
noche y siento como si ya fuera lunes por la mañana. ¡Hastío!
Lunes, 16 de septiembre
No
había arrancado el coche y el móvil no paraba de gritarme la llegada de e-mails. No le hice caso, esperé a
llegar a mi despacho para consultar mi correo. Allí estaba su primera orden; la
encantadora Emily ya había tomado posesión de su cargo y gentilmente nos
invitaba a presentarnos en 10 minutos en la sala de juntas. Me quedé sin café,
y sin regodearme por el triunfo del Madrid y de la estrepitosa goleada del
Atleti al Barça a domicilio. Las mujeres siempre jodiendo y sin dejarse joder.
Cruce
de miradas. La odio. La muy cabrona sigue teniendo los ojos más fascinantes del
planeta. Uno a uno nos hemos presentado, yo también he tenido que hacerlo:
tragicómico.
De
momento no hará cambios, lo ha repetido mirándome a mí. Mañana revisaré la
lista de mis contactos, hoy no tuve ánimos pero sé que he de estar preparado.
Martes, 17 de septiembre
En la
oficina, tranquilidad relativa. Lo normal tras un cambio organizativo
generalizado, ¡estamos tan acostumbrados! Hemos iniciado la adaptación de los
Centros de Coste sin notar el cambio de nuestro propio director. A nadie parece
importarle que ahora se llame Emily, use sujetador y se pasee luciendo ese culo
tan seductor. A mí sí. He evitado, juro que he evitado, pasar por delante de su
despacho. Ella no. Ella se ha dejado ver por delante del mío. Una, dos, tres… ¿Cuántas
veces? ¡Demasiadas!
Su
imagen me ha acompañado el resto del día neutralizando mi consciencia. Al final
la cagué y por la noche tuve cinco pares de ojos femeninos mirándome, primero
sorprendidos y luego pidiendo sangre. El pavo, ¿a qué sabía el pavo? El pavo
sabía a limpio con un toque de limón. A Montse no le hizo mucha gracia el
chiste, ni siquiera viendo a las gemelas reírse tras descubrir, al lado de la
sartén, el bote de Fairy en vez de la
botella de aceite. Alicia no dijo nada y la abuela ejerció de suegra. Retrocedí
15 años en un solo instante.
¿Pero
qué he hecho yo para merecerme esto? Cinco mujeres y ahora una sexta.
Miércoles, 18 de septiembre
He
revisado mi antiguo diario. Quería recordar como viví aquella experiencia hace
un lustro y medio cuando Álvaro, sicólogo y el único amigo al que me atreví a
contarle todo, me aconsejó que escribiera un diario como terapia. “¿Un diario?
No me jodas, Álvaro, ni que yo fuera una nena“. ¡Gracias, tío!
Jueves, 19 de septiembre
En la
oficina tembloroso.
En casa
absorto. La suegra, mosca. Me quiere tanto que no me quita ojo. Se huele algo.
Viernes, 20 de septiembre
¡Cabrona!
¡Tuvo que elegir hoy, viernes otra vez! Seguro que lo ha hecho adrede. Ha tenido
que ser hoy cuando irrumpiera en mi despacho a darme instrucciones. Otro fin de
semana rumiante.
Sábado, 21 de septiembre
Cena
con amigos, no veo bien, me sobró la última copa. Casi hablo demasiado pero no
lo hice, Pepe se encargó por mí. Un poco de alcohol en sangre, el corcho del
cava haciendo diana en su calvicie y la lengua se le dispara. Su favorito discurso
misógino tuvo que ir acompañado de un buen ejemplo: el de esa mujer –ella– que pasa
de ser becaria a la directora de su mentor –yo–. Al escucharlo, Montse me
atravesó con la mirada y no volvió a dirigirme la palabra en toda la noche.
Condujo ella. Besé el suelo al llegar a casa. No estoy lo suficientemente
borracho para enfrentarme a ella. No estoy lo suficientemente sereno para
escribir más.
Domingo, 22 de septiembre
Día
aburrido, Montse sigue sin hablarme, o peor aún, me habla lo indispensable y en
tono correcto. No creía que, en las circunstancias actuales, fuera a decir
esto: estoy deseando ir a la oficina.
Lunes, 23 de septiembre
A
última hora presenté a Emily el informe que me pidió. El trato fue estrictamente
profesional por ambas partes, demasiado estricto, demasiado profesional. Cuando
acabé no fui capaz de levantarme, mi trasero se quedó pegado a la silla y mis
ojos clavados en su mirada. Casi pierdo la cabeza, estuve a punto de besarla.
Hace 15 años me acosté con una becaria, pero nunca he besado a una directora.
¿A qué sabrían ahora sus besos? ¿A añejo o a Gran Reserva? ¿Tendré ocasión de
averiguarlo? ¿Dónde estaba su trasero, su mirada, y sus labios? ¿Dónde estaba
su pensamiento? ¿Posiblemente pidiendo venganza?
Montse
hoy no vino a cenar a casa y todavía no ha llegado. Creo que no querrá que la
espere despierto.
Martes, 24 de septiembre
Tampoco
vino a dormir. ¿Dónde habrá estado?, sé que no se fue con su madre porque a su
a madre me la dejó a aquí. Mi suegra, ella; ella lo desencadenó todo.
Montse no
lo valoró igual, y yo mansamente caí en la trampa. Fui un cobarde. Este tiempo
no ha sido de nadie. Solo ha sido tiempo, tiempo no más. Hoy no podría
retenerme, le sería imposible repetirlo, ¿y hoy… será tarde?
Me
mandó un email para recordarme que
tenía que llevar a las chicas a su revisión. Cierto, hace semanas me
comprometí. Ahora me preocupa cómo justificar mi ausencia ante mi nueva
directora.
No puedo decirle el motivo real, no puedo hacerlo al tratarse de
Laura y Mónica, precisamente tratarse de quienes vinieron al mundo para frenar nuestro
sueño. ¿Te atreves a soñar? ¿Cuántas veces me lo pregunté?
Respondí
al mensaje de Montse, fue una respuesta breve. Nada más que decir, no puedo
pedirle perdón por nada porque nada es lo que he hecho. ¿A qué está jugando
ahora? ¿Qué pretende? ¿Será esto lo que esperaba? ¿Esperaba una buena excusa? ¿Esperaba
el pretexto para acusarme a mí de provocar el fin de lo que ya llevaba tiempo
acabado? Quince años antes, Laura y Mónica no pudieron salvar lo que ya estaba enfermo,
solo aplicar cuidados paliativos.
Miércoles, 25 de septiembre
A
primera hora envié un mensaje a Emily
para decirle que tenía que atender un asunto personal y que trabajaría desde
casa. Tardó en responderme con un simple y conciso ok. ¿Qué otra respuesta esperaba? Mejor así.
Me
cundió el trabajo. La seguridad de que no me cruzaría con ella me tranquilizó,
me concentré y aumentó mi rendimiento.
Montse
esperó hasta esta noche y a que yo estuviera delante para preguntar a Laura y a
Mónica por los resultados de la revisión. La conozco, sé que fue premeditado.
Me
parece estar solo.
Jueves, 26 de septiembre
Al
final he llamado a Álvaro. Lleva razón, me he pasado años escapando, refugiado
en mi trabajo… y en mi diario. Viviendo un mundo ficticio. Creyendo poseer todo
lo que un hombre podría esperar: una esposa, tres hijas encantadoras, un chalet
adosado, segunda residencia en la playa, un despacho, coche de empresa, reconocimiento
profesional, buena nómina,… pero ahora mi cobijo se desmorona.
El regreso de
Emily, y como mi directora, ha sacudido la viga que apuntalaba mi confort.
¿Dónde coño está mi guarida ahora? ¿Queda alguna trinchera en mi despacho? ¿Y
en el suyo, en ese despacho donde huele a venganza?
Quizás
tenga que hablar con Emily y frenar esta paranoia.
Mañana
es viernes, mañana será un buen día.
Viernes, 27 de septiembre
Llegué
totalmente decidido y fui directamente a su despacho. Emily no estaba. Pregunté
a su secretaria y le pedí que me hiciera un hueco en su agenda. Toda la mañana
he estado imaginándome cientos de diálogos con ella. Supe que ya había
regresado, pero los interminables minutos seguían avanzando sin recibir su
aviso.
A las
tres empecé a recoger, apagué el portátil, me levanté y entró una llamada. Su
llamada. Excitado descolgué. Se excusó por no haber podido atenderme antes,
después me preguntó el motivo por el que quería reunirme con ella. Vacilé en mi
respuesta y eso pareció darle la pista. Dejó claro que en la oficina el trato
sería estrictamente profesional, y que cualquier otro asunto que quisiera
tratar con ella tendría que ser fuera del horario y el entorno laboral. Le pedí
disculpas. Emily tenía prisa.
¡Joder!
¿Qué quiero? ¿Para qué quiero hablar con ella? ¿Dónde y cuándo he de pedirle la
cita? ¿Es un asunto personal o profesional?
¿Busco recuperar mi refugio o la busco a ella? ¿Quiero mi trabajo o la
quiero a ella? ¿Es Emily o mi zona de confort?
Mientras
escupo todas estas preguntas sobre el papel, una corazonada me lleva a
consultar mi móvil como si él pudiera facilitarme alguna respuesta. Último tuit
en pantalla:
@FILOSOFIA:
“Cuando dos personas están destinadas a estar juntas, no importa dónde estén o
con quién estén, tarde o temprano lo estarán”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario