miércoles, 4 de diciembre de 2013

15 años y 2 semanas

Viernes, 13 de septiembre

¡Bonito día! Después de semanas de rumores hoy se confirmó. ¡Cómo no! Tenía que ser un viernes, siempre las buenas noticias se comunican a última hora de los viernes. No es casualidad, lo sueltan y te quitan del medio; te lo llevas puesto el fin de semana y el lunes habrá perdido gas.


Una esposa, tres hijas, una suegra, y ahora, una jefa. No podía ser otra, tenía que ser ella, precisamente ella tenía que reaparecer como la nueva directora financiera.

¡Maldita sea mi suerte! ¡Maldito sexo débil!

¡A dormir! La broma ya ha durado demasiado.

Sábado, 14 de septiembre

Hoy el día no me ha dicho nada; no se merece que yo diga algo de él.

Domingo, 15 de septiembre

Y el séptimo día descansó. Eso mismo voy a hacer yo: no escribir. Es domingo por la noche y siento como si ya fuera lunes por la mañana. ¡Hastío!

Lunes, 16 de septiembre

No había arrancado el coche y el móvil no paraba de gritarme la llegada de e-mails. No le hice caso, esperé a llegar a mi despacho para consultar mi correo. Allí estaba su primera orden; la encantadora Emily ya había tomado posesión de su cargo y gentilmente nos invitaba a presentarnos en 10 minutos en la sala de juntas. Me quedé sin café, y sin regodearme por el triunfo del Madrid y de la estrepitosa goleada del Atleti al Barça a domicilio. Las mujeres siempre jodiendo y sin dejarse joder.

Cruce de miradas. La odio. La muy cabrona sigue teniendo los ojos más fascinantes del planeta. Uno a uno nos hemos presentado, yo también he tenido que hacerlo: tragicómico.

De momento no hará cambios, lo ha repetido mirándome a mí. Mañana revisaré la lista de mis contactos, hoy no tuve ánimos pero sé que he de estar preparado.

Martes, 17 de septiembre

En la oficina, tranquilidad relativa. Lo normal tras un cambio organizativo generalizado, ¡estamos tan acostumbrados! Hemos iniciado la adaptación de los Centros de Coste sin notar el cambio de nuestro propio director. A nadie parece importarle que ahora se llame Emily, use sujetador y se pasee luciendo ese culo tan seductor. A mí sí. He evitado, juro que he evitado, pasar por delante de su despacho. Ella no. Ella se ha dejado ver por delante del mío. Una, dos, tres… ¿Cuántas veces? ¡Demasiadas!

Su imagen me ha acompañado el resto del día neutralizando mi consciencia. Al final la cagué y por la noche tuve cinco pares de ojos femeninos mirándome, primero sorprendidos y luego pidiendo sangre. El pavo, ¿a qué sabía el pavo? El pavo sabía a limpio con un toque de limón. A Montse no le hizo mucha gracia el chiste, ni siquiera viendo a las gemelas reírse tras descubrir, al lado de la sartén, el bote de Fairy en vez de la botella de aceite. Alicia no dijo nada y la abuela ejerció de suegra. Retrocedí 15 años en un solo instante.
¿Pero qué he hecho yo para merecerme esto? Cinco mujeres y ahora una sexta.

Miércoles, 18 de septiembre

He revisado mi antiguo diario. Quería recordar como viví aquella experiencia hace un lustro y medio cuando Álvaro, sicólogo y el único amigo al que me atreví a contarle todo, me aconsejó que escribiera un diario como terapia. “¿Un diario? No me jodas, Álvaro, ni que yo fuera una nena“. ¡Gracias, tío!

Jueves, 19 de septiembre

En la oficina tembloroso.
En casa absorto. La suegra, mosca. Me quiere tanto que no me quita ojo. Se huele algo.

Viernes, 20 de septiembre

¡Cabrona! ¡Tuvo que elegir hoy, viernes otra vez! Seguro que lo ha hecho adrede. Ha tenido que ser hoy cuando irrumpiera en mi despacho a darme instrucciones. Otro fin de semana rumiante.

Sábado, 21 de septiembre

Cena con amigos, no veo bien, me sobró la última copa. Casi hablo demasiado pero no lo hice, Pepe se encargó por mí. Un poco de alcohol en sangre, el corcho del cava haciendo diana en su calvicie y la lengua se le dispara. Su favorito discurso misógino tuvo que ir acompañado de un buen ejemplo: el de esa mujer –ella– que pasa de ser becaria a la directora de su mentor –yo–. Al escucharlo, Montse me atravesó con la mirada y no volvió a dirigirme la palabra en toda la noche. Condujo ella. Besé el suelo al llegar a casa. No estoy lo suficientemente borracho para enfrentarme a ella. No estoy lo suficientemente sereno para escribir más.

Domingo, 22 de septiembre

Día aburrido, Montse sigue sin hablarme, o peor aún, me habla lo indispensable y en tono correcto. No creía que, en las circunstancias actuales, fuera a decir esto: estoy deseando ir a la oficina.

Lunes, 23 de septiembre

A última hora presenté a Emily el informe que me pidió. El trato fue estrictamente profesional por ambas partes, demasiado estricto, demasiado profesional. Cuando acabé no fui capaz de levantarme, mi trasero se quedó pegado a la silla y mis ojos clavados en su mirada. Casi pierdo la cabeza, estuve a punto de besarla. Hace 15 años me acosté con una becaria, pero nunca he besado a una directora. ¿A qué sabrían ahora sus besos? ¿A añejo o a Gran Reserva? ¿Tendré ocasión de averiguarlo? ¿Dónde estaba su trasero, su mirada, y sus labios? ¿Dónde estaba su pensamiento? ¿Posiblemente pidiendo venganza?
Montse hoy no vino a cenar a casa y todavía no ha llegado. Creo que no querrá que la espere despierto.

Martes, 24 de septiembre

Tampoco vino a dormir. ¿Dónde habrá estado?, sé que no se fue con su madre porque a su a madre me la dejó a aquí. Mi suegra, ella; ella lo desencadenó todo.

Montse no lo valoró igual, y yo mansamente caí en la trampa. Fui un cobarde. Este tiempo no ha sido de nadie. Solo ha sido tiempo, tiempo no más. Hoy no podría retenerme, le sería imposible repetirlo, ¿y hoy… será tarde?

Me mandó un email para recordarme que tenía que llevar a las chicas a su revisión. Cierto, hace semanas me comprometí. Ahora me preocupa cómo justificar mi ausencia ante mi nueva directora. 

No puedo decirle el motivo real, no puedo hacerlo al tratarse de Laura y Mónica, precisamente tratarse de quienes vinieron al mundo para frenar nuestro sueño. ¿Te atreves a soñar? ¿Cuántas veces me lo pregunté?

Respondí al mensaje de Montse, fue una respuesta breve. Nada más que decir, no puedo pedirle perdón por nada porque nada es lo que he hecho. ¿A qué está jugando ahora? ¿Qué pretende? ¿Será esto lo que esperaba? ¿Esperaba una buena excusa? ¿Esperaba el pretexto para acusarme a mí de provocar el fin de lo que ya llevaba tiempo acabado? Quince años antes, Laura y Mónica no pudieron salvar lo que ya estaba enfermo, solo aplicar cuidados paliativos.

Miércoles, 25 de septiembre

A primera hora envié un mensaje a Emily para decirle que tenía que atender un asunto personal y que trabajaría desde casa. Tardó en responderme con un simple y conciso ok. ¿Qué otra respuesta esperaba? Mejor así.

Me cundió el trabajo. La seguridad de que no me cruzaría con ella me tranquilizó, me concentré y aumentó mi rendimiento.

Montse esperó hasta esta noche y a que yo estuviera delante para preguntar a Laura y a Mónica por los resultados de la revisión. La conozco, sé que fue premeditado.

Me parece estar solo.

Jueves, 26 de septiembre

Al final he llamado a Álvaro. Lleva razón, me he pasado años escapando, refugiado en mi trabajo… y en mi diario. Viviendo un mundo ficticio. Creyendo poseer todo lo que un hombre podría esperar: una esposa, tres hijas encantadoras, un chalet adosado, segunda residencia en la playa, un despacho, coche de empresa, reconocimiento profesional, buena nómina,… pero ahora mi cobijo se desmorona. 

El regreso de Emily, y como mi directora, ha sacudido la viga que apuntalaba mi confort. ¿Dónde coño está mi guarida ahora? ¿Queda alguna trinchera en mi despacho? ¿Y en el suyo, en ese despacho donde huele a venganza?

Quizás tenga que hablar con Emily y frenar esta paranoia.

Mañana es viernes, mañana será un buen día.

Viernes, 27 de septiembre

Llegué totalmente decidido y fui directamente a su despacho. Emily no estaba. Pregunté a su secretaria y le pedí que me hiciera un hueco en su agenda. Toda la mañana he estado imaginándome cientos de diálogos con ella. Supe que ya había regresado, pero los interminables minutos seguían avanzando sin recibir su aviso.

A las tres empecé a recoger, apagué el portátil, me levanté y entró una llamada. Su llamada. Excitado descolgué. Se excusó por no haber podido atenderme antes, después me preguntó el motivo por el que quería reunirme con ella. Vacilé en mi respuesta y eso pareció darle la pista. Dejó claro que en la oficina el trato sería estrictamente profesional, y que cualquier otro asunto que quisiera tratar con ella tendría que ser fuera del horario y el entorno laboral. Le pedí disculpas. Emily tenía prisa.

¡Joder! ¿Qué quiero? ¿Para qué quiero hablar con ella? ¿Dónde y cuándo he de pedirle la cita? ¿Es un asunto personal o profesional?  ¿Busco recuperar mi refugio o la busco a ella? ¿Quiero mi trabajo o la quiero a ella? ¿Es Emily o mi zona de confort?

Mientras escupo todas estas preguntas sobre el papel, una corazonada me lleva a consultar mi móvil como si él pudiera facilitarme alguna respuesta. Último tuit en pantalla:


@FILOSOFIA: “Cuando dos personas están destinadas a estar juntas, no importa dónde estén o con quién estén, tarde o temprano lo estarán”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario