Y dos
pasaron a ser una sola, después una sola pasó a ser dos, y luego dos más. Y así
se multiplicaron en ascendente progresión. Piezas de una magnífica obra que respondían
al código secreto gestado en aquella primera fusión. Luna tras luna, hasta alcanzar
la décima, cada una adoptó su forma y cada una ocupó su lugar.
Y llegó
el día en el que vio la luz, y tras el llanto respiró su propio aire. Y allí
estaba yo, en aquel templo cobijo de mi espíritu, refugio de la esencia de mi
ser que en constante crecimiento disfrutó del acurruco de aquellos brazos fuertes,
del acariciar materno, del dulce sonido de su voz.
Aquella
obra construida con todo detalle y perfección gateó, se aupó, corrió y tropezó;
le quedaron cicatrices.
Y con
el tiempo, unos últimos retoques de decoración, y así, de niño a hombre, mi
cuerpo disfrutó del cuerpo de otra mujer. Y mi ser disfrutó de su ser para
juntos, hasta tres veces, volverlo a hacer: de dos pasar a una sola, de una
sola a dos, luego a dos más… Vimos como tres nuevos templos se alzaban y
engrandecían nuestra unión.
Lo
cuidé, cuidé mi cuerpo sabiendo que sin él, aquí, yo no sería yo; pero nada
pude hacer y a la erosión natural del tiempo se le sumó el bombardeo más
destructor. Mi cuerpo, majestuoso templo, se derrumba, su cúpula se resquebraja
víctima del mal invasor. Aprovecho un momento de lucidez para despedirme de lo
que me unió a la tierra; con la incertidumbre de cuál será mi próxima morada, y
de si podré hallarla.
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