miércoles, 20 de noviembre de 2013

Catedral

Y dos pasaron a ser una sola, después una sola pasó a ser dos, y luego dos más. Y así se multiplicaron en ascendente progresión. Piezas de una magnífica obra que respondían al código secreto gestado en aquella primera fusión. Luna tras luna, hasta alcanzar la décima, cada una adoptó su forma y cada una ocupó su lugar.


Y llegó el día en el que vio la luz, y tras el llanto respiró su propio aire. Y allí estaba yo, en aquel templo cobijo de mi espíritu, refugio de la esencia de mi ser que en constante crecimiento disfrutó del acurruco de aquellos brazos fuertes, del acariciar materno, del dulce sonido de su voz.

Aquella obra construida con todo detalle y perfección gateó, se aupó, corrió y tropezó; le quedaron cicatrices.

Y con el tiempo, unos últimos retoques de decoración, y así, de niño a hombre, mi cuerpo disfrutó del cuerpo de otra mujer. Y mi ser disfrutó de su ser para juntos, hasta tres veces, volverlo a hacer: de dos pasar a una sola, de una sola a dos, luego a dos más… Vimos como tres nuevos templos se alzaban y engrandecían nuestra unión.


Lo cuidé, cuidé mi cuerpo sabiendo que sin él, aquí, yo no sería yo; pero nada pude hacer y a la erosión natural del tiempo se le sumó el bombardeo más destructor. Mi cuerpo, majestuoso templo, se derrumba, su cúpula se resquebraja víctima del mal invasor. Aprovecho un momento de lucidez para despedirme de lo que me unió a la tierra; con la incertidumbre de cuál será mi próxima morada, y de si podré hallarla.

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