¡Qué
sueño! Si ya lo sabía yo: no me sienta nada bien trasnochar. Pero mereció la
pena, ¡y tanto que si mereció! Fue divertido, sobre todo cuando se unió a
nosotras aquel grupo. ¿Cómo se llamaba el fontanero…? ¡Qué rabia no acordarme!
Tenía unos ojos preciosos, todo él era espectacular, de unas proporciones
perfectas. ¿Cómo se llamaba…? ¡Fernando! ¡Eso es!, se llamaba Fernando, no
debería haberlo olvidado, bien que bromeábamos cuando Isabel le empezó a hacer
un estrecho marcaje: Isabel y Fernando; ¡caramba, qué coincidencia! Yo también
quiero tener un grifo averiado.
Una
siestecita y me pongo a la faena. ¿Cama o sillón?
Ahora
que caigo, Isabel no llegó a confirmarme si comeríamos juntas mañana. Luego la
llamaré, seguro que tiene mucho que contarme.
Creo
que será mejor el sillón, como me meta en la cama hoy no plancho. Pero… ¿quién
puede enviar una whatsapp en horas de
siesta? ¡Venga hombre, que esto es España! Decidido, lo apago. Espero que no
haya ninguna emergencia.
Pues
sí, el fontanero estaba… ¡cómo estaba el fontanero! Qué gracioso cuando dijo
que no entendía la fama de ligones a domicilio ¿Existirá una palabra para esto?
No querría negar su existencia. Encima añadió que a él nunca le había pasado…
Porque tú no habrás querido, bonito, porque no habrás querido. Si no es un
grifo me busco otra excusa.
¡Mierda!
¿Y ahora quién llama al fijo? ¡Qué es hora de siesta! ¡El número de mis padres!
Ha pasado algo y yo con el móvil apagado.
Falsa
alarma, menudo susto. Cuánto honor: mi padre me pide consejo para usar los
nuevos cuelga-fáciles, ¡olé! El mérito no es del todo mío, él ya no es el de
antes. Cómo me gustaba acompañarle a reparar el coche. No siempre podía, mi
madre me retenía porque antes tenía que limpiar. Claro, es que yo era una
señorita y no un machote.
Se está
bien en el sofá bajo la mantita de mi madre. A Fede le gustaba mucho, bromeaba
con la amenaza de llevársela. ¡Qué calentito! Media hora, media horita y me voy
a planchar.
¡Mierda!
Ahora la niña. ¡Qué cosas tiene! Decirme que no le importa, que se va en el autobús.
Pues si no le importa, ¿para qué viene a preguntarme que si la llevo? Eso no se
le dice a una madre.
Nada, está visto que no hay siesta... ¡con las ganas que tenía yo de tener un sueñecito con
el fontanero! Si es que… una madre siempre es una madre, después será “mujer
de”, cuando no “hija de”, y por último quizás le quede tiempo y ánimo para ser ella,
pero… ¿podría ser sin remordimientos? No, no tendría que haber trasnochado.
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