miércoles, 9 de octubre de 2013

Miedo a parar

Descendió del coche y recorrió los escasos metros, que le distanciaban de la puerta, con ese caminar que le distinguía: pisada firme, pasos cortos como si no tuviera prisa, y la cabeza adelantada como si desde su interior le emanaran deseos por llegar.

Saludó al policía de la puerta, quien le devolvió protocolariamente el saludo: –¡Buenos días, jefe!


Vicente, Inspector Jefe de la Comisaría de Distrito Centro, derrochó agilidad a la hora de subir los cuatro peldaños de la entrada mientras decidía mentalmente cuál iba a ser su discurso en el Briefing de esa mañana. Después tendría que resolver un pequeño conflicto, un asunto de guardería como a él le gustaba renombrar.

Bárbara y Santos eran de su total confianza, y se sentía muy satisfecho con el trabajo de ambos. 
Vicente había sabido ganarse su respeto, por lo que estaba seguro de poder resolver pronto las discrepancias surgidas en la asignación de los policías en prácticas recién incorporados.

Bárbara se dirigió al despacho de su superior con pasos amplios. No se extendían tanto cuando sustituía las botas del uniforme por esos altos tacones que tanto le gustaba lucir; lograrlo hubiera sido complicado además de poco elegante. Avanzaba con la espalda recta, el pecho abierto y las manos sujetas por los pulgares en el cinturón. Las caderas acompañaban el movimiento de sus piernas, y la descarga acompasada de unos glúteos, bien trabajados, ponía punto final a cada paso. El uniforme le sentaba bien a Bárbara, por dentro y por fuera; la ropa de calle también.

Santos no quiso alcanzarla, prefirió mantenerse detrás y disfrutar, como en otras tantas ocasiones, de aquella sensacional vista. No fue lo más acertado en los instantes previos a la comparecencia ante su jefe; máxime cuando se trataba de un conflicto que había surgido, precisamente, con su compañera. Entró tras ella en el despacho de Vicente, tan distraído, que no pudo evitar tropezar con una de las sillas dispuestas para la recepción.

Una vez acomodados, Santos intentó ocultar su nerviosismo apretando con fuerza el bolígrafo que sostenía en su mano derecha. Mientras, Bárbara, se dirigía a su jefe sosteniéndole la mirada. De vez en cuando ponía acento a sus palabras con el gesto de sus manos: ya era un descenso lento como si empujara el aire hacia el suelo, el simular un corte con el perfil de la mano izquierda sobre la palma de la derecha, o marcar con sus dedos la cifra que acababa de pronunciar. Cuando le tocó intervenir a Santos, para evitar que su nerviosismo se detectara en sus palabras, continuó descargando su energía en aquel bolígrafo azul de funda anaranjada. Al acabar su exposición se oyó un clic. Barbará bajó la vista, descubrió las dos mitades y exclamó: –¡Santos!, ¿ese…no era mi boli? –Poniendo especial énfasis en el “mi”.

Vicente los conocía bien y no se dejó influir por la escena, además se consideraba un buen líder y mediador. Con anterioridad había reconsiderado lo suficiente el asunto que los había llevado a esa reunión, y tenía claro qué debía proponerles para zanjar la controversia con ecuanimidad.

Resultó ser otra intervención exitosa del Inspector Jefe, lo que en aquella mañana, le saturó en el ejercicio de sus funciones de despacho. Así pues enfundó su arma reglamentaria, comprobó que quedaba bien disimulada bajo su chaqueta, y decidió salir a patrullar en solitario.


Vicente, Inspector Jefe de la Comisaría Centro, caminaba con su pisada firme, sus pasos cortos como si no tuviera prisa, y la cabeza adelantada como si desde su interior le emanaran deseos por llegar. ¿Llegar a dónde? Él no lo sabía. Temía pararse y averiguarlo.

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