Descendió
del coche y recorrió los escasos metros, que le distanciaban de la puerta, con ese
caminar que le distinguía: pisada firme, pasos cortos como si no tuviera prisa,
y la cabeza adelantada como si desde su interior le emanaran deseos por llegar.
Saludó
al policía de la puerta, quien le devolvió protocolariamente el saludo: –¡Buenos
días, jefe!
Vicente,
Inspector Jefe de la Comisaría de Distrito Centro, derrochó agilidad a la hora
de subir los cuatro peldaños de la entrada mientras decidía mentalmente cuál
iba a ser su discurso en el Briefing
de esa mañana. Después tendría que resolver un pequeño conflicto, un asunto de
guardería como a él le gustaba renombrar.
Bárbara
y Santos eran de su total confianza, y se sentía muy satisfecho con el trabajo
de ambos.
Vicente había sabido ganarse su respeto, por lo que estaba seguro de
poder resolver pronto las discrepancias surgidas en la asignación de los
policías en prácticas recién incorporados.
Bárbara
se dirigió al despacho de su superior con pasos amplios. No se extendían tanto cuando
sustituía las botas del uniforme por esos altos tacones que tanto le gustaba
lucir; lograrlo hubiera sido complicado además de poco elegante. Avanzaba con
la espalda recta, el pecho abierto y las manos sujetas por los pulgares en el
cinturón. Las caderas acompañaban el movimiento de sus piernas, y la descarga
acompasada de unos glúteos, bien trabajados, ponía punto final a cada paso. El
uniforme le sentaba bien a Bárbara, por dentro y por fuera; la ropa de calle
también.
Santos
no quiso alcanzarla, prefirió mantenerse detrás y disfrutar, como en otras
tantas ocasiones, de aquella sensacional vista. No fue lo más acertado en los
instantes previos a la comparecencia ante su jefe; máxime cuando se trataba de un
conflicto que había surgido, precisamente, con su compañera. Entró tras ella en
el despacho de Vicente, tan distraído, que no pudo evitar tropezar con una de
las sillas dispuestas para la recepción.
Una vez
acomodados, Santos intentó ocultar su nerviosismo apretando con fuerza el
bolígrafo que sostenía en su mano derecha. Mientras, Bárbara, se dirigía a su
jefe sosteniéndole la mirada. De vez en cuando ponía acento a sus palabras con el
gesto de sus manos: ya era un descenso lento como si empujara el aire hacia el
suelo, el simular un corte con el perfil de la mano izquierda sobre la palma de
la derecha, o marcar con sus dedos la cifra que acababa de pronunciar. Cuando
le tocó intervenir a Santos, para evitar que su nerviosismo se detectara en sus
palabras, continuó descargando su energía en aquel bolígrafo azul de funda
anaranjada. Al acabar su exposición se oyó un clic. Barbará bajó la vista,
descubrió las dos mitades y exclamó: –¡Santos!, ¿ese…no era mi boli? –Poniendo
especial énfasis en el “mi”.
Vicente
los conocía bien y no se dejó influir por la escena, además se consideraba un
buen líder y mediador. Con anterioridad había reconsiderado lo suficiente el
asunto que los había llevado a esa reunión, y tenía claro qué debía proponerles
para zanjar la controversia con ecuanimidad.
Resultó
ser otra intervención exitosa del Inspector Jefe, lo que en aquella mañana, le saturó
en el ejercicio de sus funciones de despacho. Así pues enfundó su arma reglamentaria,
comprobó que quedaba bien disimulada bajo su chaqueta, y decidió salir a
patrullar en solitario.
Vicente,
Inspector Jefe de la Comisaría Centro, caminaba con su pisada firme, sus pasos
cortos como si no tuviera prisa, y la cabeza adelantada como si desde su
interior le emanaran deseos por llegar. ¿Llegar a dónde? Él no lo sabía. Temía
pararse y averiguarlo.
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