Eran las doce, las doce y diez.
El final de otro día lleno de una nueva vida; de una vida
nueva colmada de experiencias, rebosante
de emociones.
Había llegado la noche, el descanso bajo las estrellas. En
cada estrella una nueva ilusión, en cada estrella una nueva vida para compartir,
y en cada estrella una nueva vida compartida.
En su aparente soledad más estrellas se habían iluminado, y
más la iluminaba cada estrella.
Solo le faltaba la Luna; Luna no estaba allí, otros eran los
cielos que tenía que adornar. Con su luminosa redondez… ¡es tan bonita, Luna, su Luna!
Y sin su Luna, allí estaba ella acurrucada en su desnudez
sobre la hierba, envuelta por el murmullo de las hojas a merced del viento, por
el gorgoteo del arroyuelo. Allí estaba ella entrando en un sueño profundo. Melodía
susurrante; en armonía con su latir, en
armonía con la inspiración y la exhalación de un cuerpo relajado; de una mente,
que al fin, descansa.
Llegó la luz y con la luz el calor. Un aire templado le
recorría su cuerpo, y templado soplaba de norte a sur y de sur a norte; le envolvió
su nuca, despeinó sus cabellos, recorrió sus pechos, abrazó su cintura,
acarició sus piernas, se entretuvo en su sexo… Un soplo templado y suave que
lentamente la recorría.
El Sol, dedicado a ella, delicadamente la despertaba. La
despertaba de su sueño, la conducía al placer. Ella se abandonaba, se dejaba
hacer, se dejaba acariciar.
El Sol le regalaba su cálido aliento, su templada caricia. De
norte a sur y de sur a norte. El despertar de su flor saludando al Sol, flor de
terciopelo abriendo sus pétalos perfumados, pétalos humedecidos por las gotas
del rocío.
Respiraba, profundamente respiraba, suspiraba, y su corazón
se agitaba. De norte a sur y de sur a norte. El Sol y ella, ella y el Sol. Se
agarró a sus rayos, lo abrazó con fuerza, con más fuerza, más fuerza, más… De
norte a sur y de sur a norte.
Los árboles, las hojas, el viento, el arroyuelo... languidecieron,
y ella... suspiró.
Empezaron las sombras, un falso anochecer llegó. Luna había
llegado y tristemente quiso apagar al Sol. Apartó un primer rayo, luego otro, y
otro más. Luna lamentó su ausencia y dando
la espalda al Sol, finalmente, la contempló.
La tierra se alborotó, y el Sol se eclipsó.
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