No era un atardecer cualquiera. Su encuentro casual de primeras horas le había dejado un poso amargo y desagradable.
Hay encuentros que nos remueven por dentro todo tipo de emociones. Encuentros que nos arrastran a un desagradable abismo donde uno se frotaría entero con tal de hacer desaparecer, por completo, cualquier rastro de un encuentro en absoluto deseado.
Jamás la amó, nada más lejos de su ánimo. Estaba seguro de que no habría nadie en la tierra capaz de amarla. Pero él, por fortuito y traicionero azar, no había podido evitar unirse a ella íntimamente. Mucho más íntimamente de lo que jamás hubiera deseado. Mucho más íntimamente de lo que hubiera podido soportar su asco y su cólera.
Aminoró el paso a medida que se acercaba a la esquina. Se paró cerca. Encendió un cigarrillo. Sus esfuerzos por dejar la mente en blanco, por recabar fuerzas fueron en vano. Sabía que tenía que verla una vez más. Sabía que tendría que enfrentarse a su destino.
Lentamente se puso en marcha. Dobló la esquina despacio, con sigilo, atento a cuanto su vista le indicara.
El corazón le dio un vuelco. El mundo quedó en silencio. Era ella, el tiempo le había cambiado el color, estaba distinta, pero era ella, inconfundible.
Él se dio cuenta de que, en contra de su voluntad, había dejado en ella una huella imborrable.
Se acercó prudentemente sin dejar de mirarla, y descubrió como el odio y la rabia crecían en su interior a medida que se acercaba.
Por fin llegó a su altura, rodeándola, contemplándola despacio. Ella no se movió, impasible, estática, desafiante. Sí, era ella. Todo el desprecio asomó a sus ojos. Era ella inconfundible y traicionera, ofreciéndose lasciva, regalándole nuevamente la impudicia de su desnudez para un nuevo y desagradable contacto.
No tuvo dudas, era la misma mierda que había pisado por la mañana. La forma de su zapato en ella. Los restregones en el bordillo de la acera. Incluso creyó volver a oír las mismas imprecaciones e insultos.
Lentamente se volvió con una última mirada de desprecio, y con paso resuelto, se alejó perdiéndose en la oscuridad.
En sus ojos una certeza: jamás volvería a verla.
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