sábado, 1 de diciembre de 2012

Vivir. Segunda parte. I

UNO

Despertó temprano y no esperó más. Se levantó sigilosamente. Con mucho cuidado de no despertarla, de que no notara su ausencia, de que no notara que, el cuerpo que hasta hace poco yacía a su lado, ahora se distanciaba.


Le iba a ser fácil. Existía bastante separación entre ellos. Desde hacía tiempo, mucho tiempo, el contacto a lo largo de cada noche había pasado a ser escaso, casi nulo.

Existía relación entre ambos, los dos cumplían en todos los aspectos. Sí, en ese también. Sin embargo, él hubiera deseado más. Hubiera deseado sentir su cuerpo cerca durante toda la noche, alguna caricia más durante el día.

Echó un último vistazo a aquel cuerpo que pertenecía a la mujer que había sido su compañera de media vida.

Deseaba abrazarla, besarla, poseerla de nuevo, como también sabía que lo mejor era no intentarlo. Ya se había acostumbrado, se había acomodado. Sin embargo, no era consciente de que, en lo más profundo, no se había resignado a esa situación. Su búsqueda residía en un lugar escondido y de difícil acceso, en ese lugar al que para llegar se necesita mucha fuerza y valentía.

La vida es una rueda cargada de una fuerte inercia. Rueda, rueda y rueda. ¿Cómo  reducir la marcha? ¿Cómo detenerse un instante?, lo suficiente para contemplarse a uno mismo, lo suficiente para trazar el rumbo antes de arrancar de nuevo.

Avanzamos sin levantar la vista y llegamos al final del camino arrepentidos, arrepentidos de lo que dejamos por hacer. De las decisiones que nos faltaron para virar el rumbo y decidirnos a vivir.

Abel cerró la puerta tras de sí creyendo haber logrado su objetivo: que no se notara su marcha.
Ella, que había permanecido inmóvil todo el tiempo, al escuchar el ligero chasquido del pestillo por fin se atrevió a girarse. Respiró aliviada.

Ahora se sentía cómoda tomando posesión de todo el espacio. Moviéndose en plena libertad sin que nadie intentara abrazarla, ni tan siquiera rozarla.


Vio la hora en el reloj de la mesilla. Todavía era demasiado temprano para levantarse. Por un instante dudó de cuál sería el motivo por el que Abel se habría ido muchísimo antes del amanecer. Decidió no pensarlo más y no estropearse a sí misma la sensación placentera de contar con todo el espacio para ella. Fue en brazos de esa sensación, y no en los brazos de su marido, que a María le fue fácil volver a reconciliar el sueño. Un sueño reparador que tanto necesitaba.

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