UNO
Despertó temprano y no esperó más. Se levantó
sigilosamente. Con mucho cuidado de no despertarla, de que no notara su
ausencia, de que no notara que, el cuerpo que hasta hace poco yacía a su lado,
ahora se distanciaba.
Le iba a ser fácil.
Existía bastante separación entre ellos. Desde hacía tiempo, mucho tiempo, el
contacto a lo largo de cada noche había pasado a ser escaso, casi nulo.
Existía relación entre ambos,
los dos cumplían en todos los aspectos. Sí, en ese también. Sin embargo, él
hubiera deseado más. Hubiera deseado sentir su cuerpo cerca durante toda la
noche, alguna caricia más durante el día.
Echó un último vistazo a
aquel cuerpo que pertenecía a la mujer que había sido su compañera de media
vida.
Deseaba abrazarla,
besarla, poseerla de nuevo, como también sabía que lo mejor era no intentarlo. Ya
se había acostumbrado, se había acomodado. Sin embargo, no era consciente de
que, en lo más profundo, no se había resignado a esa situación. Su búsqueda
residía en un lugar escondido y de difícil acceso, en ese lugar al que para
llegar se necesita mucha fuerza y valentía.
La vida es una rueda
cargada de una fuerte inercia. Rueda, rueda y rueda. ¿Cómo reducir la marcha? ¿Cómo detenerse un instante?,
lo suficiente para contemplarse a uno mismo, lo suficiente para trazar el rumbo
antes de arrancar de nuevo.
Avanzamos sin levantar la
vista y llegamos al final del camino arrepentidos, arrepentidos de lo que
dejamos por hacer. De las decisiones que nos faltaron para virar el rumbo y decidirnos
a vivir.
Abel cerró la puerta tras
de sí creyendo haber logrado su objetivo: que no se notara su marcha.
Ella, que había
permanecido inmóvil todo el tiempo, al escuchar el ligero chasquido del
pestillo por fin se atrevió a girarse. Respiró aliviada.
Ahora se sentía cómoda
tomando posesión de todo el espacio. Moviéndose en plena libertad sin que nadie
intentara abrazarla, ni tan siquiera rozarla.
Vio la hora en el reloj
de la mesilla. Todavía era demasiado temprano para levantarse. Por un instante
dudó de cuál sería el motivo por el que Abel se habría ido muchísimo antes del
amanecer. Decidió no pensarlo más y no estropearse a sí misma la sensación
placentera de contar con todo el espacio para ella. Fue en brazos de esa
sensación, y no en los brazos de su marido, que a María le fue fácil volver a
reconciliar el sueño. Un sueño reparador que tanto necesitaba.
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