Queridos
Reyes Magos:
Este
año he sido buena, diría que me he portado bastante bien.
Cada
mañana me levanté temprano para ir a la oficina, fui obediente con el jefe y
colaboré con mis compañeros y compañeras, hice todo lo posible para
considerarme merecedora de mi nómina porque me inculcaron el sentido de la
responsabilidad. También me enseñaron a ser agradecida, así pues doy las
gracias a nuestro CEO por seguir
haciendo todo lo posible, analizando y tomando las decisiones más acertadas,
para lograr que la empresa subsista y mantenga nuestros puestos de trabajo en
una época tan complicada.
Como uno entre los ellos, cumplí con mis obligaciones laborales, pero además diariamente preparé
comidas y cenas sanas para mis dos hijos adolescentes. Elaboré el menú teniendo
en cuenta el reparto aconsejado para cada grupo de alimentos, confeccioné la
lista de la compra y semanalmente empujé ese carrito con cadencia a irse hacia
la izquierda. Lo cargué entre los lineales y lo descargué ante la cajera, lo
volví a cargar después de pagar y volví a descargarlo en el coche, llené
bolsas, acarreé bolsas, vacié bolsas, coloqué bolsas.
Puse
ciento cincuenta y seis lavadoras, tendí ciento cincuenta y seis lavadoras y
planché ciento cincuenta y seis lavadoras. Doblé unos setecientos cincuenta
pares de calcetines y más de mil piezas entre bragas y calzoncillos.
He
limpiado el polvo, pasado la aspiradora, fregado suelos, cuartos de baño,
cristales, escaleras, terrazas,...
He
mantenido el jardín, colgado cuadros, arreglé el suelo de la terraza, reparé
nuestro lavavajillas, el móvil, el ordenador y la caldera del vecino; conseguí que
la cisterna del ático dejara de gotear, desmonté y cambié el casquillo de esa
lámpara,...
Cada
día revisé los rostros de mis hijos por si, en su habitual silencio, encontraba
signos de conflictos en los que yo pudiera apoyarles. Para motivarles en la
comunicación les conté mis propias historias, a veces serias, a veces
divertidas. Los he llevado y traído de sus entrenamientos, de sus compromisos
deportivos y de sus quedadas con sus colegas. He acogido en casa a sus amigos
para su fiestas nocturnas y preparé sus celebraciones de cumpleaños. Siempre
estoy ahí para lo que ellos quieran de mí así como para lo que, sin que ellos
lo pidan, yo tenga que darles; soy madre.
Asisto
y organizo encuentros para seguir cultivando esa relación, de valor
incalculable, con los padres de sus amigos; lazos que tanto nos ha enriquecido
a todos y beneficiado en la educación de nuestros hijos.
Escuché
a quien buscaba en mí algo más que unos oídos, lo hice mirándole a los ojos,
sincera y serenamente, sin prisa; y en sentido inverso, me he abierto al mundo
compartiendo sin pudor mis experiencias. ¡Cuánto se crece al recibir y otorgar
otros puntos de vista!
Siempre
con una sonrisa realicé mis peticiones al carnicero, al pescadero, al
gasolinero... Con una sonrisa saludé al barrendero de la calle y a la señora de
la limpieza de la oficina. He reservado mi mal humor para dejar hueco a la
tolerancia: seguro que habría un motivo y una solución para ese error. La
verdadera inteligencia está en la práctica de la comprensión y habilidad
emocional.
No es
fácil encontrar huecos para el descanso pero no me abandono, también cuido de
mí: no malgasto dinero en excesivas comilonas que solo ofrecen el placer del
momento y el deterioro de nuestro cuerpo –el único que nos dieron para el resto
de nuestra vida y del que también me gusta disfrutar–, hago deporte, leo y no
desperdicio horas y horas frente al televisor; intento ser ejemplo para mis
hijos.
Os pido
perdón por los fallos que cometo, sobre todo por los que me pasan desapercibidos
y de los que no tuve ocasión para aprender.
Queridos
Reyes Magos, espero haber hecho méritos suficientes para que me otorguéis mi
deseo. Pido por mí y por todas las mujeres de hoy... ¿Podríais enviarnos
algunos hombres maduros, inteligentes –de verdad–, fuertes y... VALIENTES?
Si no,
lo entenderé, comprendo la dificultad: la naturaleza ya hizo su reparto.
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