No era un atardecer cualquiera. Su encuentro casual de primeras horas le había dejado un poso amargo y desagradable.
Hay encuentros que nos remueven por dentro todo tipo de emociones. Encuentros que nos arrastran a un desagradable abismo donde uno se frotaría entero con tal de hacer desaparecer, por completo, cualquier rastro de un encuentro en absoluto deseado.
Despertó temprano y no esperó más. Se levantó
sigilosamente. Con mucho cuidado de no despertarla, de que no notara su
ausencia, de que no notara que, el cuerpo que hasta hace poco yacía a su lado,
ahora se distanciaba.
Hoy he utilizado las últimas gotas
del perfume que me regalaste.
En mi mente aquel papel azul que lo
envolvía, el recuerdo de cómo mis dedos atrapaban nerviosamente la cinta
plateada que lo adornaba, de cómo mis dedos deshacían su lazada bajo tu atenta
mirada. Esa mirada que me hipnotiza, esa mirada que me hace esclava de ti.